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La nueva era

No es un buen momento para nacer. Sus amigas le dijeron que se había vuelto loca cuando se enteraron de que iba a traer un niño a este mundo. Está acostumbrada a tomar decisiones difíciles de entender. A los quince años aceptó la propuesta de un hombre que le doblaba la edad. Así consiguió salir del pueblo. Él era honesto y no la trataba mal. ¿Cabía esperar otra cosa? La vida no le ofrecía muchas oportunidades. Ella apenas sabía hacer nada: le habían enseñado a coser y poco más. Aquel hombre la había ayudado. Si se afeitase la barba no se notaría tanto la diferencia de edad. Además, no dijo nada cuando se enteró de que el niño no era suyo.

Ahora le sigue torpemente, con la tripa hinchada, buscando un albergue. Cada vez que alguien les rechaza, el niño se revuelve en sus entrañas. Se toparon con un indigente desahuciado de su hogar, que hacía sus necesidades en la calle. Si hubiese podido, le habría dado una moneda para engañar al frío con un trago de alcohol. Intenta mitigar el dolor y las náuseas, imaginando  que su hijo será un líder revolucionario. Alguien capaz de despertar conciencias y enfrentarse al poder.Lo ve fascinando a las masas con su discurso antisistema. Un momento. ¿Y si nace una niña? Es igual. Sin las mujeres no habrá revolución.

Sus fantasías se dieron de bruces con una contracción que le hizo doblar el cuerpo. Ya viene. Su marido se acerca nervioso. Hay que buscar un sitio donde guarecerse. No será la primera vez que pasa la noche en un portal. Dentro está muy oscuro. Huele a humedad. Se tumba en un rincón y aprieta los dientes. Ya no siente dolor. Parece que es una falsa alarma. Es mejor que él salga a buscar ayuda. Ella se queda allí, tirada en el suelo. De pronto oye un rugido estremecedor. Ahora sabe que no está sola. Es imposible levantarse. Lanza un grito desesperado. El marido vuelve asustado, para encontrarla abrazando a su hijo con las manos temblorosas. Dos enormes siluetas se acercan lentamente. Ella pide que les dejen en paz. Él intenta amedrentarles con su bastón. Un inesperado rayo de luz entra a través de un ventanuco, iluminando la escena. Un buey y una mula salen de la oscuridad y se tumban junto al niño para calentarlo con su aliento.

"Maternidad" Klimt

@JJBors

Mi viaje a ninguna parte

Una escritora maldita, gran amiga mía, me regaló una bicicleta estática. Pensó que yo podría sacarle provecho al invento cuando estaba a punto de tirarlo a la basura, decepcionada al no adelgazar ni un solo gramo. De este modo, se ha instalado una nueva rutina en mi vida. Lo primero que hago cada mañana es pedalear sobre la estática. Así no hay peligro. Ni emoción. No volveré a caer de bruces sin casco, como las primeras veces. El ejercicio matutino estimula mis recuerdos asociados a la bici.

Un día me encontré con un grupo de ciclistas que protestaban desnudos. Algunos se tapaban la cara con mascarillas o narices de payaso. Vivo en una ciudad demasiado pequeña para que uno se sienta anónimo sin disfraz. Los peatones más curiosos contemplaban atónitos el espectáculo. Se preguntaban por qué los ciclistas estaban desnudos, mientras les hacían fotos con el móvil. El porqué de la protesta no importaba: el rollo ecológico, los carriles bici… Los ciclistas españoles encabezan el ranking europeo de muertes en la carretera. Desnudos frente al tráfico. Y hay quien se escandaliza, mientras cuelga las fotos en Twitter. Todavía no se han curado de espanto, ahora que nos hemos quedado todos en pelotas.

Pienso en ello mientras monto en mi bici sin ruedas. El regalo salvado de las llamas ha traído consigo nuevas necesidades. Cada vez me levanto más temprano, para que me dé tiempo a hacer un par de kilómetros falsos. No hay forma de saber la cifra exacta: el cuentakilómetros de mi bici no funciona. Puede que de este modo sea mejor. Prefiero no saber la distancia que nunca podré recorrer. Cuando jadeo sobre el sillín, me siento como una rata que hace girar la noria dentro de su jaula. Un ingenuo intento de huida que no tiene fin. Mis piernas generan un movimiento continuo que guía mi viaje a ninguna aparte. Inútil esfuerzo para una cobaya que no encontrará recompensa al llegar a la meta. Pedaleo para olvidar que estoy anclado en el suelo.

Cuando lea esto, tal vez usted piense que no procede quedarse en casa con la que está cayendo. Y no niego que tenga razón. Si algo sobra hoy, son motivos para protestar. Es hora de dejar la vergüenza y el miedo a un lado. Debería salir y plantarme en medio de la calle con mi bicicleta estática.

                                                                                                                                                                  @JJBors

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